A mi cabeza un día llegaron los ratones,
probablemente por mis sucios pensamientos,
y como toda peste, de a poco y sin notarlo,
colonizaron por completo mi ya frágil conciencia.
No alcance a oírlos entrar por todo el ruido
que en aquel tiempo resonaba internamente
mordiendo cables destruyeron mis certezas
y pronto mi sistema entero encontrose en colapso.
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Hoy ya no puedo pensar en nada
que no este por lo menos envuelto en podredumbre,
incluso mis recuerdos más dulces de pegamento y fideos
inverosímiles lucen, tan llenos de agujeros.
Me pregunto, ¿Será este el precio de tener la mente abierta?.